La Fundación Basilio Paraíso reconoce a través de sus Medallas la trayectoria de las empresas aragonesas que han cumplido 100 años de existencia.Se reconocen los valores de las empresas, como el trabajo, la creatividad y el compromiso con la sociedad en la que trabajan.
Created by basilioparaiso on 02/12/2010
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Sus inicios se remontan a 1895, cuando los hermanos García Sánchez abren las puertas de una joyería en el número 34 de la calle Alfonso I de Zaragoza. En el año 1909, aprovechando el auge que empezaba a experimentar Zaragoza tras la Exposición Hispano-Francesa, uno de los socios, Ginés, decide independizarse de su hermano Antonio. Con un capital inicial de cuatro mil pesetas, abre su propio establecimiento en la misma calle Alfonso, al que llama La Virgen del Rosario. Son los cimientos de la actual Joyería Ginés. Durante los años siguientes, el fundador de la firma aumenta su conjunto comercial, creando unos talleres de joyería e iniciando importaciones de género alemán. Al concluir la guerra, se integra en la empresa su hijo Ginés García Bilbao que con su hermano asientan y consolidan el negocio hasta lograr la dimensión e importancia que mantiene hoy. Ginés obtuvo un gran reconocimiento social y profesional que le lleva a ser nombrado presidente del gremio de Joyeros de Zaragoza, en 1953. Bajo su mandato se elaborará el primer convenio sobre el impuesto de lujo. Ginés Juan García Goizueta representa la tercera generación de esta familia de joyeros, que impulsa el negocio en este nuevo milenio, conjugando el diseño más transgresor con las más exquisitas antigüedades, sin olvidar su larga tradición familiar como mayorista de joyería. La saga tiene asegurada su continuidad en la cuarta generación de joyeros con Juan Ginés García Cabañuz, que ya lleva varios años trabajando.
Fontanería Moreno fue fundada en Tarazona en 1908 por Pío Moreno, como hojalatería, calderería y fontanería, según aparece en la documentación de entonces que conserva la familia. El negocio familiar pasó años después a su hijo, Julio Moreno, quien a pesar de los avatares históricos consiguió transformar su negocio y crecer en la localidad. El nieto del fundador, Fernando Moreno Rivas, lo adaptó a los nuevos tiempos y quiso ser un reflejo del esfuerzo de los pequeños comercios que luchan por subsistir. Fernando se jubiló en 2006, y profesionales y vecinos de Tarazona le rindieron un merecido homenaje después de toda una vida dedicada al negocio familiar. Ahora su trabajo lo continúan sus hijos, Olga y Fernando Moreno que representan ya la cuarta generación de la saga familiar.
En 1908 comienza la historia de una empresa familiar aragonesa dedicada al comercio textil. La clave de su éxito ha sido y sigue siendo la especialización, la continuidad familiar y el buen hacer diario. El emprendedor Mariano García Perales hereda de su tío el comercio textil de géneros de punto La Octava Maravilla de Zaragoza. Quiso dejar su huella en la ciudad y encargó, en 1941, al arquitecto Regino Borobio, la construcción de un edificio en la calle del Coso, junto al Teatro Principal de Zaragoza que hoy existe y en el que abrió su primera tienda de confección masculina llamada Mariano García. El negocio fue un éxito gracias a la afluencia de público deseoso de adquirir las últimas novedades textiles. Su hijo Mariano García Tafalla, que comenzó a trabajar en el negocio tras superar la carrera de Comercio, llevaba la contabilidad y las finanzas de la empresa hasta que se hace cargo definitivamente de él. Un nuevo enfoque le hace iniciar la venta de productos innovadores como pantalones o americanas de confección, abrigos, cazadoras, chaquetones... reservados hasta entonces a la habilidad artesana de sastres y modistas. Su hijo mayor, Mariano García Forcada, asume en los 60 la dirección de la empresa, y emprende la transformación del negocio familiar en una cadena de tiendas Mariano García con nuevos establecimientos dedicados siempre a la confección masculina. En los 80, abre otra tienda con las marcas más punteras del momento y otra más especializada en moda joven Partycular. En la actualidad, la tercera generación ha reconducido la tradición textil familiar hacia la moda de ceremonia masculina, creando en 1991, la empresa Chaqué y su marca comercial Protocolo, con tiendas en Zaragoza, Madrid, Barcelona, Valencia, Murcia, Sevilla y Jerez de la Frontera. En 2005 entra en la empresa la cuarta generación de la familia, su hija Ruth García Broto, con una sólida formación académica y empresarial.
Enrique García Usón finalizó su carrera de farmacia el 29 de julio de 1908, y en ese mismo año comienza a ejercer como farmacéutico en la localidad de Aínsa. Será un año después, concretamente el 12 de septiembre de 1909, cuando existe constancia de su nombramiento como Inspector Farmacéutico municipal por el Ministerio de la Gobernación, cargo que permanecerá en la saga familiar con sus sucesores hasta comienzos del presente siglo. Esta primera oficina de farmacia abrió sus puertas en el barrio alto de Aínsa y se instaló en el barrio bajo años más tarde, cuando fue creciendo el número de edificaciones entorno a él. A Enrique le sucedió su hijo Matías García Oncins, que toma posesión del cargo en 1944 tras finalizar su carrera en la Universidad de Santiago de Compostela. Matías se jubiló en 1985 y la plaza de farmacéutico de Aínsa fue ocupada por su hijo Miguel Ángel García Campo que la regenta en la actualidad acompañado por su hija Rosa María García Nadal, ya la cuarta generación de farmacéuticos de la familia, que mantiene abierto el establecimiento sanitario en la misma calle Sobrarbe del barrio bajo de Aínsa donde se instaló hace un siglo el fundador.
Esta tienda de alimentación centenaria fue fundada por Pedro Meléndez Tapia en 1908, en la localidad zaragozana de Cariñena. Pedro Meléndez, originario de Aguarón iba desde muy joven por los pueblos de la zona con un carro vendiendo aceite, harina y otros alimentos. Cuando contrae matrimonio con Valeria, decide establecerse y en 1908 alquilan un local ubicado en la calle Mayor 57, en esta tienda permanece ella mientras que Pedro continuará con la venta ambulante. En 1947, su hija Lucía Méndez, que ya estaba trabajando en la tienda de comestibles, se casa con Custodio Laín. Custodio conocía el oficio, porque a los doce años había emigrado a Madrid como aprendiz en una tienda del barrio de Salamanca. Cuando acaba la guerra, Custodio vuelve y es entonces cuando se casan y en 1950 se hacen cargo del negocio de Lucía, ahora en la calle Reinanta 2. A finales de los años 70 deciden cambiar de nuevo de ubicación y trasladan la tienda de comestibles a la calle Mayor 61 muy cerca de su emplazamiento inicial y donde permanece en la actualidad.La hija de ambos, Palmira Laín Meléndez, siempre estaba merodeando por la tienda, y poco a poco le fue interesando el negocio, que recibe definitivamente en 1983. Ella continua al frente en la actualidad, aunque durante veinte años ha contado con la ayuda de su esposo, que se levantaba temprano para traerle la mercancia fresca cada mañana. Ahora, con él ya jubilado, las frutas y verduras se las suministra una cooperativa, ya que sus hijas, de momento, han elegido otra profesión. Palmira dice que todavía le quedan unos siete años en la tienda y espera que tal vez sus yersono continúen con el negocio al que ha dedicado toda su vida.
Esta almazara con más de 100 años de historia nace de la mano de Julián Alfonso Pradas que adquirió en Oliete sus conocimientos en la fabricación del aceite de oliva. Tradición que ha pasado de padres a hijos durante cuatro generaciones dedicadas a sacar el mejor aceite de los olivos centenarios de la comarca de Belchite. El molino y los centenarios olivos de Belchite han sido testigos del auge de este pueblo zaragozano, de su desoladora destrucción durante la Guerra Civil y de su resurgir convertido en pueblo nuevo. El paso de los años ha servido para modernizar las formas de extracción, transformación y envasado pero lo que ha permanecido impermeable al paso del tiempo es el espíritu de obtener siempre un producto de calidad. En los inicios el aceite de oliva se vendía a granel, no existiendo marcas ni diferentes tipos de aceite. Habrá que esperar hasta 1990 para que Manuel Alfonso comience a embotellar su aceite en garrafas etiquetadas con su propia marca. En la actualidad, la apuesta por la mejora continua ha implicado la modernización y ampliación de la maquinaria con el fin de incrementar la producción de sus instalaciones. Además la inclusión de su aceite en la Denominación del Bajo Aragón ha permitido su consolidación en el mercado y el reconocimiento como mejor aceite de la comarca. Pero esta empresa familiar, también vinculada a la farmacia, ha iniciado una vía de diversificación con el aceite como denominador común: por un lado, la línea cosmética compuesta por jabón natural, crema de manos y leche corporal y por otro, los aceites aromatizados.
En 1907, el joven Justo Gimeno Pradilla emigró a Argentina. Allí aprendió pronto el oficio de la sastrería y descubrió la confección de lujo. No tardó en convertirse en encargado general de una empresa de confección en la que permaneció algún tiempo hasta que decidió regresar a España. Con el dinero ahorrado, abrió su propia sastrería a medida que es el origen de Justo Gimeno, uno de los establecimientos con más tradición de Zaragoza. El primer emplazamiento de la tienda fue en Espoz y Mina. Justo Gimeno amplió el negocio en 1914, impulsando la confección de lujo y confeccionando gabardinas y abrigos que vendía en España y Francia. Durante la Guerra Civil tuvo que hacer uniformes y trajes de motorista, y en la década de los 40 ensalzó la ‘tebas’, la chaqueta que tanta fama le ha dado. Entonces los talleres estaban en el camino de los Cubos y la tienda en el paseo de la Independencia, hasta que en 1957 se establece en la Gran Vía, su localización actual. En 1965 entró a trabajar su hijo, Justo Gimeno Duplá, que contaba con poco más de 20 años. Heredero de la visión de negocio de su padre, consiguió que la tienda ampliase su oferta con más prendas de calidad como camisas y corbatas. La tercera generación ya está trabajando en el negocio familiar; Gabriel, responsable de la tienda, mientras que Justo, su padre, controla el negocio desde los talleres. Ambos continúan el sueño de ese joven que en 1907 tejió con oro una página en la historia del comercio de Zaragoza.
La Mutua de Accidentes de Zaragoza, la primera de las que hoy forman la MAZ, se fundó el 18 de mayo de 1905 por un grupo de empresarios de la ciudad decididos a compartir los riesgos ante las responsabilidades de la nueva legislación sobre accidentes de trabajo. Precisamente Basilio Paraíso fue uno de los primeros socios, con el número 144, de este ejemplo de cultura asociativa en Aragón. Tras más de un siglo de actividad, aquella mutua pionera se ha convertido en un grupo que presta servicios en toda España y en un referente con más de 100.000 empresas mutualistas asociadas. Sólo en la provincia de Zaragoza, un 60% de los trabajadores se encuentran bajo su protección. En el conjunto del país, más de medio millón de trabajadores protegidos hablan del buen hacer de la MAZ. La MAZ de hoy es el resultado de diversas fusiones entre compañías del sector. Una suma de esfuerzos que ha proseguido la visión de aquellos pioneros en la protección médica y sanitaria de los trabajadores. Su primera ubicación fue en el Paseo de la Independencia y pasó por varios inmuebles en tres décadas hasta llegar a la emblemática sede de la calle Sancho y Gil. En 1967, para adaptarse a la nueva Ley de Seguridad Social, cesa en su actividad como aseguradora para ejercer como entidad cooperadora en la protección de accidentes de trabajo. Y en 1977 se produce otro hito en su trayectoria: la apertura del Centro de Rehabilitación en la antigua carretera de Huesca. En las décadas siguientes, la MAZ teje una eficaz red de ambulatorios y oficinas, que se aproxima a las empresas y a la creciente actividad de los polígonos industriales.
Caja Inmaculada es un ejemplo, desde sus orígenes, de proyecto social. El impacto de su Obra Social en Aragón, con una dotación en torno a los 20 millones de euros al año, y su aportación a la vertebración social del territorio, hacen de la CAI un elemento imprescindible para explicar el desarrollo de la comunidad en el último siglo. Nacida en 1905 como establecimiento de beneficencia y fomento del ahorro (Caja de Ahorros y Préstamos de la Inmaculada Concepción), de la mano de Acción Social Católica, se ha convertido en el siglo XXI en una entidad financiera solvente y competitiva, que ha hecho bandera de su compromiso con la acción social, la cultura y el territorio. Hoy, dispone de un 20% de cuota del ahorro aragonés y figura entre las primeras 10 cajas españolas por calidad. Cuenta con más de 1.300 empleados y 234 oficinas en Aragón, Madrid, Tarragona y Cádiz. La historia de la CAI tiene dos momentos decisivos: a principios de los años 50, que coincide con el primer desarrollismo en España tras la Guerra Civil, y en los años 70, cuando la reforma de las cajas de ahorro les permite competir en productos y servicios de manera total con los bancos. Manteniendo sus principios y valores, la Caja ha sabido adaptarse a un sector cada vez más competitivo. Tras la oficina principal, la primera sucursal urbana se abrió en Zaragoza en 1959, para llegar en la década de los 80 a las capitales de Huesca y Teruel.
El Mercado Central de Zaragoza fue inaugurado el 24 de junio de 1903, culminándose una de las grandes operaciones urbanísticas de la época, que permitió a la ciudad sustituir el viejo zoco zaragozano vigente en esta misma plaza desde 1210 por una nueva fábrica de piedra de Calatorao y hierro fundido, obra del prestigioso arquitecto turiasonense Félix Navarro. Es, sin duda, el edificio más emblemático de su pródiga producción. El Mercado Central surgió por iniciativa de la Sociedad Anónima Nuevo Mercado de Zaragoza, y la obra fue acometida prácticamente en su totalidad por industrias zaragozanas, ejecutándose todo en un tiempo record de 18 meses. Muy pronto, por dificultades económicas y de gestión, el Mercado Central fue adquirido por el Ayuntamiento de Zaragoza, quien ostenta, en consecuencia, la titularidad del inmueble. Desde 1999 el Ayuntamiento convenia con la Asociación de Detallistas (vigente desde 1964) una serie de concesiones que permiten un nivel de autogestión muy eficaz. El Mercado cuenta hoy con 190 puestos de venta. Una de los momentos más difíciles, porque engendró un verdadero debate ciudadano, se produjo en los años 70 cuando el edificio se vio amenazado por un proyecto municipal que establecía el trazado de una amplia vía entre el Puente de Santiago y la Puerta del Carmen. La Asociación de Detallistas se mantuvo firme en su empeño de salvar el Mercado y la fuerte campaña ciudadana, con implicación de sus sectores más progresistas, evitó la demolición y aseguró la continuidad del emblemático edificio. Desde el 25 de marzo de 1978 el Mercado Central de Zaragoza ostenta la condición de Monumento Histórico Artístico de carácter nacional. Ello permitió la importante restauración culminada en 1986 por el arquitecto José María Mateo Soteras, con una fuerte implicación económica y de gestión de la Asociación de Detallistas. Actualmente se encuentra en fase de análisis una nueva y ambiciosa intervención arquitectónica en el edificio, solicitada por el Ayuntamiento de Zaragoza a la empresa nacional Mercasa.
Los orígenes de Cafés Orús se remontan a principios del siglo XX en unos locales de la calle Escuelas Pías de Zaragoza, siendo en aquel tiempo su principal actividad la del negocio de coloniales, así como la torrefacción de cafés que se realizaba de forma totalmente artesanal. Ya en la década de los años 30 se levanta la fábrica más moderna de Zaragoza en aquella época para la elaboración industrial de café en la calle Pascasio Escoriaza, en el antiguo barrio de Cariñena. El edificio constaba de dos plantas de gran superficie y de las primeras máquinas movidas ya por energía eléctrica. Cada una disponía de una dinamo con una fuerza total de 26 caballos de fuerza. Las dependencias auxiliares se completaban con un almacén de materias primas, talleres de empaquetado y despacho. El constante crecimiento de Cafés Orús motivó que a principio de los años 50 se inaugurase una nueva factoría aprovechando los solares de la calle Escoriaza, que enseguida resultaron insuficientes. Hasta que en el año 1977 se realizó el traslado definitivo a las actuales instalaciones de la Autovía de Logroño, donde nuevamente se incorpora la mejor tecnología actual para la recepción de café verde, clasificado, ensilado, tueste y envasado de nuestros cafés. Una de las claves del éxito de esta Empresa fue la figura de su Director General José María Marco Acón, padre de los actuales Consejeros, que durante sus 60 años al frente de la dirección de Cafés Orús, impulsó de manera relevante un sinfín de proyectos de futuro que contribuyeron a la modernización del sector. Un espíritu emprendedor de los que dejan huella y que ha servido para situar a Cafés Orús en vanguardia del sector cafetero español.
El centenario Horno San Gil es uno de los escasos ejemplos que quedan de la actividad comercial en El Tubo de Zaragoza. Siempre se ha dedicado a la misma actividad, vender pan, ha pertenecido a la misma familia y ha permanecido en la misma calle, antes en el 6-8 de Cinegio y ahora en el 3. Horno San Gil ha llegado a la cuarta generación. La documentación existente más antigua data de 1901, cuando el propietario de la casa donde estaba situado el horno (que posiblemente era de leña y alquilado al bisabuelo del actual propietario, Dámaso Povar y García nacido el 6 de febrero de 1877), solicita permiso al Ayuntamiento para la construcción, en la bodega, de un horno para cocer pan, que funcionara con carbón como combustible. Dámaso Povar y García se lo cede a su hijo Felipe Povar y García (2ª generación), quien en 1911 compró todos los enseres de amasar a Julián Loscertales. Murió a los 57 años y pasó a regentar el negocio su viuda, Marcelina Sancho Jordán, quien a su vez lo dejó en herencia a sus hijos Julia y Felipe Povar sancho. Son los años de mayor esplendor económico y social del Tubo en el siglo XX. Muchos de los establecimientos de referencia de entonces en la zona, como el Cantábrico, Casa Tobajas o Casa Teófilo, ya no existen, aunque otros como Casa Lac o Casa Pascualillo han sabido mantenerse. El actual propietario del Horno San Gil, uno de los elaboradores de pan, más antiguos de la ciudad y cuarta generación del negocio familiar, Javier Alastrué Povar, confía en que se mantenga la saga y en que la zona aproveche un impulso revitalizador que parece próximo.
En un local de la calle Roda, la actual calle Santa Isabel de Zaragoza, Buenaventura Canudo Ciprés, a su regreso de la Guerra de Cuba, funda la empresa que llevará su propio nombre, dedicada a imprenta, fábrica de bolsas y sellos de caucho, objetos de escritorio... Era el año 1901 y sólo cuatro años más tarde el local se queda pequeño y se traslada a otro en la cercana calle Méndez Núñez, donde continúa hasta hoy. En los primeros años del siglo XX el negocio prospera a pesar de la competencia, la escasez de suministros o las dificultades del transporte: la tienda Buenaventura Canudo llega a tener 14 empleados e imprime su primer catálogo-tarifa que envía a todos los clientes que tenía en ese momento en Zaragoza, Soria, Teruel y Navarra. También en esos años, su hijo, Buenaventura Canudo Gil, comienza a trabajar en el negocio para ayudar a la economía familiar. A la muerte del fundador, en 1940, su hijo asume la dirección del mismo que lo mantiene con éxito para legarlo a la tercera generación: Buenaventura Canudo Porta, con quien el negocio cambia de nombre y pasa a llamarse Canudo, como se le conoce actualmente. Hoy, son sus hijos Marta y Carlos quienes continúan en este mismo famoso y centenario establecimiento zaragozano, fuertemente arraigado en el centro histórico de Zaragoza.
José Baena abrió en 1901 su relojería cuando era un negocio arriesgado y dirigido a una minoría exigente. Un hombre con visión de futuro que apostó por Independencia como zona comercial cuando el paseo estaba lejos de convertirse en la dinámica área actual. José Baena fue una de las principales figuras del comercio aragonés en los inicios del siglo XX. En la década de los 70 se trasladó del número 10 de paseo Independencia al pasaje Palafox y no tardó en ampliar con su actual establecimiento en el 23 de Independencia. Baena conoció y aprendió de los relojeros suizos más prestigiosos de su época y desde sus inicios apostó por Patek Philippe, además de convertirse en la década de los 50 en uno de los primeros distribuidores en España de la marca Rolex. Falleció en 1959, pero la continuidad del negocio estaba asegurada con sus descendientes María Antonia, Margarita y José Luis. En la década de los 70, María del Carmen Moreno, esposa de José Luis Baena, impulsó decisivamente un giro comercial: la entrada en el sector de la joyería. El espíritu emprendedor de la familia Baena y su trato con los clientes permitió superar vicisitudes como robos y mantenerse como un establecimiento de referencia en su sector. Hoy, los tres hijos de José Luis Baena y María del Carmen Moreno, Virginia, José Ignacio y José Luis, mantienen la tradición e incluso se han introducido desde 1996 entre el público más juvenil con el establecimiento de La Petite Baena, el tercero del negocio familiar junto al del pasaje Palafox y el de Independencia.
Saturnino Gavín Abadías, emprendedor comerciante nacido en Gavín (Huesca), llegó a Zaragoza en 1900 e instaló una tienda en la Pza. del Mercado 18-20, hoy avenida César Augusto 100. Comenzaba asía la historia de Casa Gavín, comercio en el que se vendían tanto semillas como ultramarinos. Sólo tres años después, el bullicioso carácter comercial de la zona se vio confirmado con la apertura del Mercado Central. El local de Casa Gavín es una joya arquitectónica, en un edificio proyectado por José de Yarza, un artesonado modernista en madera de roble americano y una fachada también modernista. Hoy la empresa está en la tercera generación. “El cambio de las simientes mejora la producción y hace que la tierra rinda más”, anunciaba Gavín en la publicidad de la época. En el propio establecimiento se seleccionaban las semillas para venderlas limpias de cuscuta y elementos extraños. La venta era a granel y la Granja Escuela de Agricultura de Zaragoza analizaba todas las semillas. Ya en 1930 recibió una distinción de la I Exposición Nacional de Horticultura, por su colección de Hortícolas y legumbres. Saturnino Gavín falleció en 1961 y l negocio pasó a su hijo José , quien potenció las semillas frente a la venta de ultramarinos. En 1972, cuando murió y se hizo cargo de la tienda su Viuda, Mª Pilar Ramírez Ruanes, sólo se vendían semillas. Era una actividad que había experimentado un gran cambio y ya no se compraban directamente las semillas al agricultor, sino que las empresas productoras desempeñaban ese papel. Casa Gavín afrontó el cambio con decisión: mejoró el servicio (las semillas se tratan, certifican y envasan), ofreció más variedades y buscó nuevos suministradores nacionales e internacionales.
La cervecera La Zaragozana nació con el siglo XX. El 10 de julio de 1900, un grupo de amigos influyentes de Zaragoza consigue fundar la empresa, que ante la escasez de técnicos españoles, tuvo que proyectarse y montarse por alemanes. Ya en sus primeros años la cerveza Ámbar obtuvo varios premios por su calidad, una constante en la trayectoria de La Zaragozana. La cerveza se comercializaba en toneles de madera y botellas sopladas artesanalmente, con tapón de corcho y rústica etiqueta. Un carro arrastrado por caballería como los que entonces transportaban la cerveza desde la fábrica, es hoy el emblema de la firma. La cuadra de caballos, con 12 percherones, era el orgullo de la empresa. Superadas las penurias de la posguerra civil (se importaba cebada de Oriente Medio y de Rusia), a principios de la década de los 60 la cerveza dejó de ser un lujo y además comenzaron a abundar bares y restaurantes. La trayectoria de La Zaragozana comienza a ligarse a la hostelería, en especial a los históricos cafés de la ciudad. Los últimos 30 años son protagonizados por la innovación y la tecnología. En 1968 se sustituyeron los toneles de madera por barriles metálicos y en 1976 se montaron los primeros tanques verticales de gran capacidad en la planta de las terrazas de Cuellar. La Zaragozana creó en 1976 la primera cerveza sin alcohol de España y ha mantenido su independencia en un sector dominado por las multinacionales. Su constante innovación también ha estado acompañado del respeto por la tradición y el saber hacer: el cargo de maestro cervecero siempre ha sido ocupado por un profesional de origen alemán
Vocación internacional y una decidida apuesta por la ingeniería propia son las constantes que han llevado a TAIM-TFG a convertirse en una empresa capaz de competir con las mayores multinacionales. Es una historia que comenzó en un pequeño taller de la calle Azoque de Zaragoza y que hoy se escribe con decenas de grandes instalaciones repartidas por todo el mundo. Fruto de la unión en 1974 de Talleres Florencio Gómez (TFG), creada en 1899, y de Talleres Auxiliares de la Industria Minera (TAIM), fundada en 1953 de la mano del perito industrial Enrique Mazas de Lizana, TAIM-TFG comenzó fabricando pequeña maquinaria y ha acabado especializándose en grandes instalaciones. Los orígenes de la empresa, a través de TFG, están ligados –como en tantas industrias aragonesas- al desarrollo del sector azucarero. La compañía pasó por varios emplazamientos urbanos hasta que se trasladó en 1971 al polígono Insider, donde se mantiene desde entonces. En 1957, TAIM, especializada en maquinaria para minería, ya instaló una gran cinta transportadora en Argentina, el inicio de su crecimiento internacional. La unión con TFG intensificó la exportación, en especial durante la década de los 70, pero la compañía tuvo que reinventarse en los 90 gracias al impulso de una nueva dirección de la empresa: ante la pérdida de peso de la minería, se orientó a los proyectos llave en mano como plantas de reciclaje de residuos sólidos urbanos y de vehículos, hacia las grúas y hacia los aerogeneradores para energía eólica (que comienzan a fabricarse en 1996). El giro hacia las energías renovables se acompaña además de la cultura innovadora de TAIM-TFG, como demuestra uno de sus últimos desarrollos: una planta energética de biomasa a partir de residuos forestales, creada en colaboración con la Universidad de Zaragoza. El esfuerzo investigador de la empresa vuelve a dar frutos.
El hotel del Balneario de la Virgen, que bebe de las curativas aguas de Jaraba, abrió sus puertas en 1898. El antecedente brota de las ‘Aguas de las Ninfas’ -cuyos efectos se achacaban al poder milagroso de Nuestra Señora de Xaraba-, que llenaban la piscina donde se sumergían los peregrinos y los fieles de la localidad. Las aguas termales eran de propiedad municipal, hasta que en 1897 se traspasaron a Manuel Ibáñez Remacha, quien las cambió por un extenso monte de su propiedad. El contrato estableció que los vecinos de Jaraba podrían disfrutar gratuitamente de estas aguas naturales, y que éstos, por su parte, debían contribuir a su mantenimiento. Manuel Ibañez comenzó a edificar y construir pilas, hasta que le sobrevino la muerte en 1910. Su viuda e hijos se quedaron con el negocio, pero fue el presbítero Miguel Ibáñez, único hijo del matrimonio, quien realmente tomó las riendas. Comenzó entonces el esplendor del balneario, teniendo que aumentar el número de habitaciones año tras año. Cuentan las crónicas de la época que el aspecto de los baños no era excesivamente lujoso, “si bien en su interior existen la higiene y la limpieza en todo su esmero”. En la actualidad el Balneario de la Virgen está dirigido por Julián Adradas Remiro, familiar de Manuel y Miguel Ibáñez. La tradición del balneario, dirigido por la misma familia durante cinco generaciones, se conjuga con la modernización de las instalaciones, que se han sometido en los últimos años a importantes reformas en todo el complejo, con nuevas zonas termales y de uso común.
Comercial Zapata es un ejemplo de la historia del comercio en el medio rural y de pasión por el comercio. En 1898, Miguel Zapata Galindo, casado con Irene Cuber Fuente, abrió el comercio Casa Zapata en la localidad zaragozana de Gallur. Tuvieron cuatro hijos (José Mª, Pascual, Miguel y Eladio), de los que tres siguieron en el oficio del comercio, dos de ellos en Gallur y un tercero en Buñuel, Navarra. Ya lo decían en un programa de fiestas de Gallur de 1927: “No dejéis de visitar esta casa por ser la que más barato vende y mejor surtido presenta”. Hasta 1948, los dos hijos que se quedaron en Gallur se mantuvieron en la dirección original, momento en el que se trasladaron a dos tiendas diferentes: una regentada por José Mª y otra a cargo de Miguel. José Mª fue sustituido por su hijo, del mismo nombre, que a su vez dio el relevo a su hija Begoña. Es un establecimiento con solera en el que se siguen vendiendo artículos en tejidos, calzados y, sobre todo, confección de cortinas de calidad. Miguel, por su parte, fue sucedido por su hijo Miguel Ángel, quien ofrece productos de los ramos de ferretería, regalos, electrodomésticos, mercería, electricidad y hasta hace poco, distribución de gas butano. Existe además una tercera tienda en Gallur; Flores Carmenchu, una moderna floristería con artículos de floristería y belleza, de una hija de Miguel. La vocación comercial de la familia Zapata se extiende hasta Zaragoza, donde otra hija de Miguel tiene una librería-papelería en la Calle Conde Aranda.
La estirpe familiar de los joyeros Faci se remonta al 20 de febrero de 1897, cuando Pedro Faci Abad, tras estudiar el oficio en Barcelona, se estableció en Zaragoza, su ciudad natal, el mismo día que cumplía 22 años. Contó como socios con su hermano Miguel y con Mariano Bernardos, quien abandonaría la sociedad a los pocos años. Su primer local, situado en la calle Morería, fueron cambiando de situación con el paso de los años, siendo la calle Goya (hoy Jusepe Martínez) donde transcurrieron 80 años de la historia del negocio. En la década de los 50 tomó las riendas del negocio Pedro José Faci García, que delegó el negocio en los 80 en Pedro José y Daniel Faci Hereza, la tercera generación familiar. A día de hoy la empresa ya cuenta con el trabajo de Pedro Faci Sinués, hijo de Pedro José, que representa la continuidad de la saga. La empresa se ha dedicado tradicionalmente a la fabricación de medallas religiosas y conmemorativas, entre cuyas obras se encuentran la medalla de la Coronación de Nuestra Señora del Pilar en mayo de 1905 o la medalla del General Palafox conmemorativa de los Sitios de Zaragoza de 1908. Su buen quehacer motivó que la empresa fuese merecedora de la Medalla de Oro de la Exposición Hispano-Francesa de 1908, presidida por Basilio Paraíso, “por sus trabajos en platería y medallas”. Pedro Faci Abad también recibió la Medalla de Plata del Mérito al Trabajo en 1956. En la actualidad, tras más de 109 años de trabajo, Pedro Faci cuenta con el santoral más amplio de España, con más de 30.000 troqueles de 2.000 Santos, Cristos y Vírgenes. La empresa cuenta a día de hoy con unas modernas instalaciones ubicadas en La Muela.
El 10 de noviembre de 1897, se constituye la Sociedad Española del Acumulador Tudor, fabricante de baterías de la marca Tudor, con un capital social de un millón de pesetas. Se instalará en Zaragoza, en una antigua fábrica de harinas, conocida como La Pilar, que comienza a funcionar en 1898. En los primeros años del siglo XX, con Federico Echevarría, como presidente, la sociedad se convierte en suministrador de baterías de arranque de dos modelos de automóviles que se empezaban a montar en España, Hispano-Suizo y Elisaldi, y suministra la primera batería para propulsión de submarino en inmersión para el histórico Isaac Peral. En mayo de 1946 se inaugura la nueva planta, conocida como Avenida de Navarra, ya con Juan Selgas, sucesor de Federico Echevarría, como cuarto presidente en la historia de la sociedad. En la década de los 60, Tudor crece en dimensión industrial y en notoriedad; cotiza en la Bolsa de Madrid y se convierte en uno de los valores más prestigiosos y activos del mercado financiero español. La fase de expansión continúa en los 80, cuando se traspasa la actividad de la Avenida de Navarra, a una nueva instalación más moderna y mejor adaptada a los nuevos requisitos fabriles, en Malpica (Zaragoza). Ya en los 90, Exide Corporation se hace con la totalidad del capital de Tudor y se pone en marcha la actual fábrica de La Cartuja (Zaragoza) que es una de las cuatro grandes fábricas del Grupo en España, con 456 trabajadores. Desde junio 2008 la antigua “Tudor”, Sociedad Española del Acumulador Tudor, pasó a denominarse Exide Technologies.
La Familia Montesa conserva una copia del documento que el bisabuelo, Pedro Montesa Turrez, dirigió en 1887 a la Sección de Abastos del Ayuntamiento de Zaragoza, solicitando licencia para abastecer “cuatro tablas de carne de vaca y ternera en diversas calles de la ciudad de Zaragoza”. En 1896 su hijo Antonino Montesa Berrio ya trabaja en el negocio familiar y solicita también licencia como “tablajero de carnes”, como él mismo se denominaba. La buena marcha del negocio le permite, en febrero de 1904, convertirse en abastecedor de sí mismo “obligándose a vender la carne que sacrifique en su establecimiento sito en la Pza. de Estreveres nº6 de Zaragoza”; por fin posee su propia tabla, que en 1921 se trasladará a la ubicación actual en la plaza San Felipe de la ciudad. La viuda de Antonino, Pilar Escuer, se hace cargo del negocio que pone a nombre de su hijo mayor, Inocencio Montesa Escuer, cuando éste tenía 21 años. El gremio de la carnicería continuará en la cuarta generación de la familia, de manera que todos sus hijos trabajan en él. A la muerte del padre, los hijos José Luis, Pilar, Pepa y Carmen Montesa Cano, serán quienes continúen con la Carnicería Montesa, mientras que su hermano Gregorio se independiza y funda un establecimiento en el barrio de Las Fuentes que regenta con uno de sus hijos; otro posee una fábrica de embutidos en el municipio de Cadrete. Son ya la quinta generación de los Montesa.
El 20 de septiembre de 1895 aparece el primer número de Heraldo de Aragón, una iniciativa del periodista Luis Montestruc Rubio. El primer editorial resume los principios que han marcado su trayectoria: “…cuanto escribamos hijo será de un criterio más o menos acertado, pero siempre independiente, sin sujeción a nada ni a nadie que ni Heraldo de Aragón trae compromisos de ningún género con ningún partido político ni tiene que regirse por otras inspiraciones que las leales y honradas de sus redactores”. Los principios fueron en una modesta oficina de la calle Cuatro de Agosto y el periódico no tenía maquinaria propia; hoy es un potente grupo multimedia y tecnológicamente avanzado, que acaba de inaugurar en Villanueva de Gállego una de las rotativas más modernas del mundo. Montestruc murió en 1897, cuando el periódico ya estaba en manos de Antonio Motos Martínez. Motos inicia la modernización de Heraldo, que en 1909 se convierte en sociedad anónima. Aparece entonces otro nombre clave en su historia: Antonio Mompeón Motos, director gerente. Su liderazgo, hasta su muerte en 1940, llevó al periódico a convertirse en el primero de Aragón. En 1931 se abren las nuevas instalaciones de paseo Independencia, 29. En 1940, Josefina de No sucede en la presidencia a Antonio Mompeón Motos, mientras Fernando de Yarza García es el secretario del consejo de administración. En 1952 se nombra director del periódico a Antonio Bruned Mompeón. Fernando de Yarza García fallece en 1979 , al que sucede como consejero delegado su hijo Antonio de Yarza Mompeón, quien a su vez dio el relevo a Pilar de Yarza Mompeón en 1991. Durante los 80 se compra otra rotativa y en 1995 se compran los terrenos de Villanueva que permiten hoy acometer la expansión del grupo, del que en el año 2000 la familia Yarza se hizo con la mayoría del capital para mantener, con el apoyo de Ibercaja, su carácter aragonés.
Cariño y calidad definen la historia de un café por donde han pasado desde arrieros, vendedores ambulantes, gentes del campo, zíngaros y trashumantes a catedráticos, médicos, intelectuales, figuras del ajedrez y políticos entre otros miles de clientes de todo tipo y condición. Una historia íntimamente unida a sus emplazamientos: los orígenes como tienda de comestibles pegada a la Puerta del Carmen, entonces las afueras de Zaragoza; el traslado en 1926 al paseo de Pamplona, cuando se derribó el edificio donde estaba situado para realzar la Puerta del Carmen; y la ubicación definitiva actual en la calle Almagro. Tres lugares, todos muy próximos, y tres generaciones. Fundó el café en 1895 Agustín Charles, quien era propietario de una tienda de comestibles en cuya trastienda se reunía con los amigos a tomar café y conversar. De ahí surgió la idea de transformar en café esa parte del local, para lo que se abrió una entrada. El nombre de Café de Levante hace referencia a la entrada a la ciudad por la carretera de Valencia, ya que entonces era un establecimiento de carretera y lugar idóneo para reponer fuerzas. La segunda generación se desarrolló de la mano del yerno y la hija de Agustín Charles: Félix Blázquez García Y Rosario. Durante medio siglo se convirtió en uno de los centros de la vida cultural e intelectual de Zaragoza. La actual dirección, Carlos Blázquez (hijo de Félix, fallecido en 1972) y Pilar Peñafiel, protagonizan la tercera etapa y han mantenido el secreto del levante, con esas recetas cuidadosamente guardadas, en especial sus granizados. El relevo, Oscar y Sonia, ya está preparado. El café de levante llega a la cuarta generación.
La familia Lalanne producía y elaboraba vinos procedentes exclusivamente de sus viñedos en Burdeos. Aquellos vinos para uso propio, comenzaron a ser apreciados en las fiestas de sociedad de la época a las que la familia asistía. En 1842, al acercarse la vendimia, y para poder cumplir con los compromisos contraídos, decidieron adquirir otros viñedos que reuniesen las mismas cualidades que los que ya poseían. En ese mismo año se fundaron oficialmente las bodegas. En al año 1890 cuando la terrible filoxera asoló toda Francia, la familia Lalanne eligió España para la adaptación de sus viñedos. Tras varios años de intensos trabajos y después de haber ensayado en diferentes zonas vinícolas, decidieron establecerse en 1894, en la mejor zona de cuantas habían experimentado, la denominada del “Somontano” situada en Barbastro (Huesca). Compraron la finca San Marcos y construyeron las bodegas al estilo francés. Plantaron las variedades traídas de Francia: cabernet sauvignon, merlot, chardonay, y otras típicas de la zona, como tempranillo, moristel y macabeo. En 1908, la Casa Lalanne estuvo presente en la Exposición Hispano Francesa de Zaragoza, con un artístico kiosco entre las instalaciones de la Unión de Confiteros de Zaragoza y la de la Cervecería Zaragozana. Además los brindis del banquete de gala que se celebró con motivo de la visita del rey Alfonso XIII, se hicieron con el champagne Mercedes seco de Bodegas Lalanne de Barbastro. Las sucesivas generaciones de la familia Lalanne han continuado produciendo y elaborando sus vinos fieles a los más estrictos y tradicionales sistemas de elaboración desarrollados por sus antepasados en Burdeos.
La vida del abuelo Eloy Chóliz, fundador de la Farmacia Chóliz en 1893, siempre estuvo marcada por ilustres personajes: durante su infancia en Valpalmas jugaba con Pedro y Santiago Ramón y Cajal, cuyo padre era el médico de la localidad, hizo prácticas en la farmacia situada en la casa donde vivía Emilia Pardo Bazán, a la que atendió en varias ocasiones, y su farmacia tiene un hueco en la literatura gracias a “Crónica del alba” de Ramón J. Sender. Una vez acabada la carrera, Eloy Chóliz se trasladó a Tauste, donde abrió su primera farmacia en 1893. En 1902 se reunión en Zaragoza con Miguel Rived, un antiguo compañero de universidad. Se establecieron en la calle San Gil, abrieron una farmacia y crearon la sociedad Rived y Chóliz de almacenes de productos farmacéuticos. Se inició así una época de intenso trabajo y expansión, en la que montaron un gran número de farmacias –llegaron a tener más de 80 empleados- y distribuyeron fármacos por media Europa. Hiperactivo y comprometido con su tierra, Eloy Chóliz fue el primer presidente del Sindicato para la Iniciativa y la Promoción de Aragón (SIPA), se involucró con el proyecto del Canfranc y estuvo al frente del Colegio de Farmacéuticos de Zaragoza. El fallecimiento del impulsor familiar en 1966 conllevó que sus hijos Luis y César se pusieran al frente de la Farmacia del Carmen y de la Farmacia de las Cuatro Esquinas. Luis, el hermano mayor, realizaba numerosas fórmulas magistrales como el ‘ungüento de Populeon’, que alivió las hemorroides a muchos camioneros y taxistas españoles. Genoveva Chóliz, la única hija de Luis que quiso continuar con el negocio, está en la actualidad al frente de una farmacia con 113 años de historia.
Ramón Perdiguer Prats fundó la primera fábrica de aguardientes y alcoholes en Mas de la Matas (Teruel). Su espíritu emprendedor le llevan, en 1917, a trasladar la fábrica a Zaragoza, a la calle 29 de septiembre, hoy plaza de Europa. Junto a su esposa Dominica Moliner, instalan su domicilio en la calle San Pablo y en los bajos montarán el primer almacén y tienda de vinos de la familia. Al fallecer Ramón, la empresa pasa a denominarse Viuda de Perdiguer y se incorporan los hijos varones Longinos, Francisco y Agustín. El negocio se mantiene rentable y en los años 40 se adquieren nuevas bodegas en Lécera (Zaragoza), Muniesa (Teruel) y Lanaja (Huesca). Se une al negocio el primer nieto del fundador, Agustín Perdiguer, y la fábrica de la calle 29 de septiembre se traslada a mejores instalaciones en el camino de la Almozara. En esos años serán los hijos de Francisco Perdiguer: Ramón, Alicia y Fernando, quienes atenderán todos los establecimientos en activo. A partir de 1985 se incorpora a la empresa Juan Carlos Perdiguer, hijo de Agustín y cuarta generación. Se crea la actual razón social Bodegas Perdiguer SL y se centraliza el negocio en la calle San Pablo nº 39. Éste junto con el de la avenida Santa Isabel, inaugurado en 1952 y especializado en vinos y licores, son los dos establecimientos que permanecen hoy abiertos, dirigidos por Juan Carlos, además de la moderna bodega de elaboración de Tosos (Zaragoza).
La Imprenta Gambón se funda en 1892 en la localidad oscense de Graus, por Vicente y Faustino Gambón (bisabuelo y abuelo, respectivamente, de la actual generación al frente de la empresa de artes gráficas representada por Vicente Gambón Mora), contagiados de la intensa actividad comercial, social y cultural de la comarca de la Ribagorza. También influyó la existencia en Graus de una prestigiosa Escuela de Artes y Oficios, fundada por José Salamero, que formaba a los jóvenes en materias distintas a las agrícolas. La familia Gambón abrió la imprenta en el mismo local donde tenía un bazar. La relación con Joaquín Costa y Salamero también impulsó la iniciativa. En las instalaciones se imprimían la efímera Gaceta de Graus y el periódico quincenal El Ribagorzano, ambos impulsados por Costa. En 1908, fallecido Vicente, su hijo se traslada a Huesca (aunque se mantiene el negocio en Graus) y en 1912 la imprenta llega a Zaragoza, instalándose en la calle Canfranc frente a un almacén para papel. Tras pasar brevemente por el Coso, se trasladan al emblemático establecimiento del número 6 de Zurita, donde los despachos y la tienda se encontraban en la planta calle, y los talleres en la planta baja. Pero el crecimiento de la empresa de artes gráficas ha llevado en 2002 a abrir una nave en un polígono industrial de Zaragoza, donde la imprenta inicia una nueva etapa con más posibilidades de futuro. Jorge, hijo de Vicente Gambón Mora y la quinta generación de la empresa familiar, ya está al frente de la imprenta con más de 110 años de historia.
La ferretería Sierra fue fundada en el año 1887 y para demostrarlo la familia todavía conserva el documento de contribución industrial de Cariñena de ese año. Todo comienza con el fundador, Juan Sierra Gotor, quien animado por otros empresarios, se decide a dejar su oficio de hojalatero, sus pucheros y ollas y acepta la colaboración empresarial que le brinda la oportunidad de crear una empresa propia en la que se mantendrá al frente hasta 1924. Empezó aprovechando los conocimientos de su anterior oficio pero fue su espíritu de entrega y trabajo, los que le hicieron adquirir otros nuevos y necesarios que le permitieron asentar un negocio que ha logrado mantenerse hasta nuestros días. Sería el germen de una familia de emprendedores. Llegaron a tener establecimientos de tejidos, aserradero de madera y una fábrica de gaseosas. Comercializaban sus productos en la misma ferretería que vendía sulfato de cobre contra el mildiú de las viñas cariñenses. Tras Juan Sierra Gotor, su hijo José Sierra Andrés mantendrá el negocio durante los difíciles años de la guerra y la posguerra, en los que lo más complicado era conseguir las mercancías para atender la demanda de sus clientes. Siempre sin cambiar de ubicación, en el mismo nº 66 de la calle Mayor de Cariñena, que ha visto pasar a las sucesivas generaciones de la familia Sierra. Su hijo Juan y el hijo de éste, Juan Manuel Sierra Sazatornil, biznieto del fundador, regentan hoy el establecimiento. Ambos se enorgullecen de haber diseñado, junto con la casa de útiles agrícolas Altuna, el modelo de tijeras de podar viñas denominado Cariñena, asociado ya para siempre a esta ferretería centenaria.
Manuel Magallón Argilés, tatarabuelo del actual titular, fue el emprendedor que, a comienzos del año 1886 adquirió la propiedad de medio horno para iniciar en Castelserás una actividad que ha perdurado hasta nuestros días. El horno ha pasado de generación en generación llegando a su actual titular, Antonio José Lop Moliner. Estos hornos sirvieron hasta bien entrada la década de los 70, para cocer pan de cosechero que las gentes amasaban en sus casas. En principio se cobraba en especie y en 1939 el pago pasó a ser en metálico, siendo treinta céntimos el kilo de pan cocido, en 1953. En la actualidad se mantiene el sistema tradicional, ayudado por equipos modernos que permiten a esta panadería turolense ofrecer a sus clientes recetas tradicionales heredadas de sus antepasados con los niveles más exigentes de calidad y control alimentario. Pastas, mantecados, tortas de alma, roscones, magdalenas, rosquillas, pastas de aceite… para llegar a su producto más demandado, el brazo de gitano. Sus clientes son particulares y empresarios hosteleros pertenecientes a comunidades del entorno que buscan un producto de calidad tradicional, ofreciendo también sus productos a través de internet.
Cafés El Criollo es una empresa privada e independiente, familiar y de capital 100% aragonés que desde sus inicios, s. XIX, ha estado muy vinculada a Aragón y en toda su historia ha mantenido tanto el domicilio fiscal como su fabricación y venta en esta tierra. Sus actividades tradicionales y principales han sido el
tueste y venta de café, adaptándose a los cambios en los hábitos de consumo.
En 1886, Santiago Lascasas Calvo, se trasladó de Candasnos (Huesca), a Zaragoza, estableciéndose en los bajos de la casa nº 20 de la calle de Santiago. Este edificio, desaparecido en los años 70, era la clásica tienda de Ultramarinos dónde el café era comprado, sin tostar, por los clientes. En los últimos años del s.XIX se empezó a tostar y a vender el café ya tostado. Así, el tueste de café fue tomando gran importancia hasta el punto de que se comenzó a vender bajo la marca “El Criollo” y terminó registrándose el 30 de agosto de 1910. En los años 30, se utilizó otra marca, “Arabia”, además de El Criollo. Cafés El Criollo fue la única casa de cafés de España que concurrió a la “II Feria de Muestras Aragonesa”.
La postguerra fueron años muy difíciles ya que el café quedó dentro del llamado Comercio de Estado. A partir de los 80 la empresa decide especializarse en el mercado de hostelería de calidad siendo en los 90 cuando sufre las mayores transformaciones adquiriendo maquinaria para el envasado automático de café, y transformando todo el proceso productivo especializándose en la fabricación de cafés de tueste natural.
En 2001 fue la primera empresa aragonesa de torrefacción de café en obtener de AENOR, la Certificación UNE-EN-ISO 9002 y en 2006 la empresa se hace miembro de FLO (Fair Label Organization) para la comercialización de cafés de Comercio Justo . Cafés El Criollo es también miembro fundador de la Asociación Cultural de Baristas de Aragón.
www.cafeselcriollo.es
Fue fundada por Pedro Gracia en el año 1885, en la calle de los Cortante , hoy Mediodía, de Cariñena. Fue tienda de ultramarinos hasta 1890, cuando empieza a ser ferretería ya en la calle Mayor. Sus hijos seguirán dedicándose al comercio, José continuó con los ultramarinos y Julián con la ferretería. Con Julián Gracia de administrador, el negocio crece montando almacenes de mercancía en cabeceras comarcales, sobre todo del Bajo Aragón. Un pariente lejano de Julián, Pedro Blanco Adell, entra en el negocio como aprendiz, se casa con una de sus hijas, María Gracia Ribaut, y juntos dan comienzo a una nueva y próspera etapa, hasta 1936, cuando habrán de enfrentarse a la falta de materias primas. Con los años 50, se recupera la normalidad, se impulsa la venta de todos los artículos y surgen otros nuevos, los electrodomésticos, que ellos mismos empiezan a instalar. Más adelante el negocio prospera y sus propietarios deciden aventurarse con una nueva actividad complementaria que entonces empezaba a surgir, la distribución de gas butano por numerosos municipios de la zona. En el año 1980 se hace cargo de la empresa familiar Julián Blanco Gracia, y se adopta el nombre comercial de Blanco Ferretería. En la actualidad dirigida por la quinta generación, con Julián Blanco Cabezas, que continúa fiel a las normas impuestas por el fundador de hacer lo imposible por dar el mejor servicio a su numerosa clientela.
Empresa familiar fundada en 1885 por Antonio Arnal Sebastián, Saneamientos Marín ha experimentado una gran evolución en sus más de 120 años de historia. El taller originario, que se dedicaba a la construcción de artículos de cinc, metales ligeros y vidrieras artísticas, se encontraba en la calle Azoque. La entrada en el negocio de Domingo Marín Buil permitió ampliar el negocio a taller de instalaciones de fontanería, y posteriormente de calefacción. El impulso definitivo de la empresa vino en 1936 de la mano de Antonio Marín Arnal. Superadas las vicisitudes de la Guerra Civil, su espíritu emprendedor impulsó la apertura del negocio hacia nuevas áreas, ampliando el negocio a la venta al por mayor. Marín Arnal fue el responsable de establecer una red de ventas al por mayor por todo Aragón y provincias limítrofes. En 1955 se comenzaron a fabricar neveras de hielo con modelos propios y patentados, que si bien ahora parecen piezas de museo, entonces constituían un alarde de ingenio y perfección. La empresa continuó creciendo en las décadas de los 60 y los 70. En 1973 se inauguró un almacén de 900m2 y un segundo punto de venta. Símbolo de su cercanía con los zaragozanos y su buen hacer, la empresa recibió los años 1979, 1980, 1982 y 1983 el premio Master de Popularidad de Zaragoza como reconocimiento a la calidad de sus servicios y la importancia de su imagen pública. Entre otros galardones que también ha recibido la empresa se encuentran la Medalla de Oro de Roca Radiadores o el premio Vendor. Ángel y Antonio Marín se encargan de la gerencia actual de Saneamientos Marín, en la que ya se han integrado Jesús y Daniel, biznietos del fundador y representantes de la quinta generación de la empresa familiar.
Pedro Ferrer Oller fundó La Campana de Oro en 1885, en la zaragozana calle Alfonso I, donde ha permanecido de forma ininterrumpida hasta hoy. En el comienzo del siglo XXI, es una empresa moderna especializada en el vestir de la mujer de cualquier edad, tanto en textil como en ante, nappa y peletería, con taller propio. En sus inicios las mercancías fundamentales eran textiles, tanto para vestir como para hogar. La Campana de Oro tuvo en exclusiva la concesión de las primeras máquinas de coser Singer y durante la década de los 20 y los 30 se dedicó una parte del local a la venta de coches Peugeot y Studebaker. A mediados de los años 40, con la dirección de Juan Ferrer Brossa, se inicia la actividad más importante de La Campana de Oro: la peletería. Epilés, moutones, agneau-rases, visones y astrakanes llenaron un pequeño espacio de la primera planta de la tienda. Los tejidos por metros fueron relegados poco a poco y se dio total preponderancia a la confección. Los vestidos de Primera Comunión fueron también un renglón muy importante en aquella época, así como la sección de vestidos de novia a medida. La industria de la moda había nacido y La Campana de Oro apostaba decididamente por ella. En los 70, una vez más, llegó savia nueva a La Campana de Oro: los hermanos María Asunción y Pedro Ferrer Burillo, actual director. Se abrió una nueva tienda, D’OR, de peletería y artículos de Loewe, que culminó con la apertura de la tienda Loewe en la calle Costa, 3, ambas dirigidas por María Asunción. En octubre del 97 se inauguró una nueva tienda en el número 10 de Costa, siguiendo la tendencia de las más modernas tiendas multimarca europeas.
El 17 de octubre de 1884, la Gaceta de Madrid anunciaba la subasta del tranvía interior y afueras de Zaragoza. La red debería tener 6 líneas comenzando todas en la plaza de la Constitución, actual plaza de España. La concesión, para 60 años, se aprobó a nombre de Modesto Torres Cervelló, que impulsó la creación de la Sociedad de los Tranvías de Zaragoza, entre cuyos accionistas se encontraban ilustres políticos y empresarios como Basilio Paraíso. En 1888, la compañía fue adquirida por la sociedad belga L´Union des Tramways, que la dirige hasta 1902. Es entonces, cuando la familia Escosura y Basilio Paraíso, se hacen con el control de la empresa, la denominan Tranvías de Zaragoza y dejan la dirección de la misma en manos de Virgilio Escoriaza. Los proyectos de urbanización y ensanche que vive la ciudad en la primera mitad del s. XX hacen necesaria la modernización y electrificación de las líneas, la ampliación de los ramales y la renovación de los coches. En 1959 comienza la sustitución de la red tranviaria por trolebuses. Y en 1976 dejan de circular los últimos tranvías de aquella generación. Zaragoza fue la última ciudad española que clausura la red tranviaria. 1982 es un año clave ya que se firma el convenio entre el Ayuntamiento de Zaragoza y Transportes Urbanos de Zaragoza (TUZSA) que supondrá una profunda renovación de la red, con inversiones en mejoras y cambios en el sistema de prestación del servicio.
Larraz es la mercería más antigua de Aragón y una de las más antiguas de España. Una empresa de Zaragoza altamente especializada dividida en dos áreas: departamento de mercería y labores, y departamento de banderas, mástiles, bordado y artículos de protocolo. Se desconoce la fecha y localización exacta de su fundación, pero consta que, entre 1866 y 1883, Miguel García Lito y Vicente Larraz Gil solicitaron al ayuntamiento un permiso de obras para reformar el escaparate de su mercería en el antiguo Coso 34, hoy calle Valenzuela. En 1917 fallece Vicente Larraz Gil, y el negocio queda en manos de Miguel García, ayudado por alguno de los hijos del señor Larraz. Finalmente es el menor, Vicente Larraz Cardiel, quien toma la dirección. Paulatinamente, el negocio introduce los productos para sastrería militar y los efectos militares. En 1945, la casa es demolida para ensanchar y abrir al Coso la calle Valenzuela, y Larraz se traslada al Coso 56, esquina con Amar y Borbón, donde permaneció hasta 1982. Durante las décadas 40-70 se especializa en el bordado artesanal. En 1982 Larraz se convierte en sociedad anónima y se traslada el local a su actual emplazamiento en el Coso 66-74. Se van suprimiendo los efectos militares y se amplía la mercería. En 1998 Larraz es la primera empresa española en crear una web con tienda on-line del sector de banderas, mástiles y bordado. Larraz se plantea una profunda modernización para saltar del comercio tradicional al moderno: implanta un programa informático, reforma íntegramente el local, diseña una nueva imagen corporativa y adopta un nuevo sistema de venta consistente en exponer todos los artículos, algo inédito en el sector mercero. En noviembre 2002 Larraz inaugura la nueva tienda, la más innovadora de su sector en España y una referencia a nivel europeo.
La cuarta generación de Calzados La Alicantina mantiene en el siglo XXI la idea que impulsó el negocio familiar: que caminar no sea un inconveniente sino un placer que viene de antiguo. Los actuales propietarios, Mercedes y Jesús Mas Arrondo, pueden enorgullecerse hoy de que clientes que compraban los zapatos de niño, acuden a La Alicantina a generación tras generación para vestir hoy sus pies con las tendencias más actuales. La historia de La Alicantina empieza, cómo no, en la provincia de Alicante, y el amor se convierte en el origen de una trayectoria única. En 1880, el joven Antonio Mas Candela emigra desde Crevillente hasta Zaragoza. Quiere ver a su hermana y se enamora de Lucía, una joven de Teruel con la que formará una familia. Crea entonces el negocio de la calle Don Jaime, 34, que luego pasó a su actual ubicación en el número 20. En sus orígenes, el negocio familiar mantuvo la tradición alicantina: venta de esteras, colchones y horchatas en verano. Pronto se enfocó a las alpargatas y la segunda generación ya trabajó exclusivamente con calzado. El padre de los actuales propietarios impulsó la calidad con la búsqueda de los mejores proveedores de Mallorca y Levante.
Antonio Casaña, un destacado farmacéutico, político, empresario e intelectual de la Zaragoza decimonónica, abrió las puertas de la Farmacia Casaña en 1883, la antecesora de la actual Farmacia Ruiz Poza. Amigo del ilustre Joaquín Costa, Casaña fue testigo de la transformación a la que se sometían los medicamentos, ya que las fórmulas magistrales de cada farmacia comenzaban a dejar paso a las medicinas producidas en serie. Fue su hijo Ramón quien se hizo cargo del negocio en 1915, ejerciendo durante más de 50 años. La tercera generación de la farmacia llegó de la mano de Sixto Ruiz Cámara. Farmacéutico y químico, Ruiz Cámara, quien llegaría a ser presidente de la Junta de Gobierno del Colegio de Farmacéuticos de Zaragoza, se casó en 1942 con Elisa Poza Casaña, la nieta del fundador. En 1952 se incorporó al negocio como copropietario. Pionero en su profesión, Sixto Ruiz Cámara fue el responsable de que en todas las farmacias zaragozanas se implantara la oxigenoterapia, símbolo de los continuos cambios que caracterizaban al negocio farmacéutico en las décadas de los 50 y los 60. Tras su fallecimiento, en 1974, se hizo cargo del negocio Mª Ángeles Hernando hasta que su hijo y biznieto del fundador, Francisco Javier Ruiz Poza, terminó los estudios farmacéuticos en 1984. Comenzaba así una nueva etapa para este negocio con más de 123 años de experiencia en el servicio y la atención al ciudadano. Nuevos métodos de trabajo para los nuevos tiempos: La Farmacia Ruiz Poza siempre se ha mantenido en la vanguardia con el único objetivo de ayudar a paliar los problemas de salud de sus conciudadanos.
La confitería Soler fue fundada en Huesca en 1880 por Antonio Soler Dieste, en una casa que hacía esquina entre el Coso Bajo y la calle Mozárabes (hoy calle Goya) de Huesca. Su viuda Orencia Chías sigue con la empresa hasta que su hijo Agustín toma las riendas y levanta una nave para instalar el obrador en la antigua Posada El Centro. A su muerte en 1942, su esposa Marina Cajal continúa el negocio con la ayuda de sus hijos Pilar, Marina y Agustín. Esta nueva generación introducirá cambios en los sistemas de fabricación y creará nuevos productos como los ya típicos turrones “El Danzante” que se conocen en toda España y que aún hoy se siguen fabricando con los mismos métodos. Al tomar sus hermanos otros derroteros, Pilar sigue en la casa y en los años 60 se le unirá su marido Manuel Lorés, con quien dirige la empresa hasta finales de los 90. Mantienen la producción con las mismas fórmulas atesoradas en el libro en el que se llevan anotando las recetas como la pasta flora desde hace más de cien años y se van incorporando otras nuevas. Ellos dan paso a la cuarta generación representada por su hijo Manuel Lorés Soler, que lleva casi 30 años manteniendo la calidad que ha distinguido siempre a su negocio y abriendo también su puerta en cada festividad a los clientes que, como él dice “son amigos”. Nuevos tiempos ofrecen nuevas oportunidades y también este empresario defiende un producto artesano y exclusivo con presencia nacional y en otros países de la Unión Europea, gracias a la tienda on line que mantiene a través de su web.
Fundada en 1880 por Pedro Ferrer Maño (Zaragoza, 1863-1937), un joven linotipista de El Noticiero que decidió establecerse por su cuenta en un pequeño negocio de la calle Torre Nueva y fabricar su propia marca de tinta: la histórica “Reina”. Aquella tinta se elaboraba en la trastienda en grandes pipas de agua y se envasaba en frasquitos al precio de 5 céntimos; rápidamente se hizo famosa en todo Aragón. La esposa de Pedro, Balbina Berbois Gargajo, era una aficionada a la papiroflexia y se decidió a vender figuritas de su creación, lo que abrió el camino para convertir a La Reina de las Tintas en un almacén de papelería y objetos de escritorio. “La tinta más pobre de color vale más que la mejor memoria”, dicen en La Reina de las Tintas. Luis Ferrer Berbois (1898-1955) sucedió a su padre. Era un hombre muy vinculado al deporte aragonés y fue socio fundador del Real Zaragoza y directivo durante casi dos décadas. Antes fue un puntal del histórico Iberia y El establecimiento mantuvo una gran actividad durante el periodo bélico, surtiendo al Ejército de papel de fumar y lotes de sobres y cartas. Amplió el negocio con imprenta. Prosiguió en 1955 el negocio familiar su hijo Pedro Luis Ferrer Alastruey (1939), quien continúa al frente de La Reina de las Tintas. El nieto del fundador consolidó definitivamente el negocio familiar y apostó aún más por la especialización en todo tipo de papeles y material de encuadernación. La Reina de las Tintas sigue hoy en el mismo emplazamiento, con los mostradores y estanterías de nogal de estilo colonial.
La Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País logró en 1876 abrir al público la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, en el número 5 de la plaza del Reino de Zaragoza. Hoy, bajo la denominación de Ibercaja, se ha convertido en uno de los principales grupos financieros de España y su presencia llega a todas las comunidades, sin perder el arraigo territorial y el papel social que caracteriza a las cajas de ahorro (con escuelas agrarias, centros culturales o hogares del jubilado, entre muchas otras actuaciones). Entre 1933 y 1964 se realiza una fuerte expansión de la entidad (excepto en los años de la Guerra Civil) que coincide con José Sinués y Urbiola como director gerente y después director general, un hombre que dejó una impronta histórica en la caja. En esas tres décadas se abrieron 368 oficinas en Zaragoza, Huesca, Teruel, La Rioja y Guadalajara. Desde 1948, la entidad se denomina Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja. Sucede a Sinués en 1965 José Joaquín Sancho Dronda, en una etapa en la que el Monte de Piedad pierde protagonismo y se fortalece el balance. En 1977, ya es la tercera caja española y tiene un gran protagonismo como motor inversor en empresas aragonesas. En abril de 1980 se abre la sede central de la plaza Basilio Paraíso, abriendo una década de modernización tecnológica y financiera en un marco de gran competencia. En 1987 se jubila Sancho Dronda, año en el que además se nombra presidente a José Luis Martínez Candial, quien sucede a Fernando Almarza y Laguna de Rins. Comienza un proceso de gran expansión corporativa y geográfica (desde 1989), se implanta la nueva marca Ibercaja (1988) y se refuerza la solvencia.
La Veneciana tuvo un fundador y un creador: Basilio Paraíso. Sus méritos, fuera de lo común, son parte integrante de la historia industrial de nuestro país. Basilio Paraíso Lasus se asoció en 1876 con Tomás Colandra y Anduela para montar un taller de espejos y una tienda para su venta, que bautizó con el nombre de La Veneciana. Los primeros 50 años de esta industria implicaron el afianzamiento del negocio y la búsqueda de un constante desarrollo que nunca se ha interrumpido. Basilio Paraíso, innovador y entusiasta, logró introducir en su taller los mayores avances técnicos hasta entonces conocidos, adquiriendo su industria una extraordinaria expansión. Desde sus comienzos, La Veneciana mantuvo relación directa con la compañía francesa Saint-Gobain, que ya entonces lideraba el mercado europeo del vidrio. En 1904 comenzaron las conversaciones para asociarse, lo que dio lugar a la constitución de Cristalería Española. El hijo del fundador de La Veneciana, Basilio Paraíso Labad, continuó los éxitos de su padre: en 1923 inició la construcción de una fábrica en Sevilla, que contribuyó a reforzar la buena marcha de la empresa. La Veneciana se transformó en sociedad anónima en 1925, con sede social en Zaragoza. Se abrió una oficina en Madrid, comenzando así la ampliación de mercados y de áreas de negocio. En 1930 la compañía Saint-Gobain, a través de Cristalería Española, tomó el control de La Veneciana. Tras la muerte de Basilio Paraíso en 1934 a los 76 años, la sede social se trasladó a Madrid. A partir de 1949 comenzó una nueva fase de expansión, que en 1975 se traducía en 34 establecimientos y 15 tiendas de exportación en más de 30 ciudades españolas. La Veneciana de Saint-Gobain integra hoy nueve sociedades españolas y tres portuguesas, con una plantilla superior a 1.200 empleados.
Alrededor de 1860, Martín Auré, se traslada a Madrid para trabajar como cocinero repostero al servicio de un ministro de la corte. Cuando vuelve a Zuera, en 1875, establece su pastelería. En poco tiempo participarán también sus hijos Antonio y Fermín, el primero especializándose en la heladería y elaborando además gaseosas, sifones y refrescos, y el segundo afianzando la tradición artesana de la pastelería, siendo famoso por sus carquiñolis, guirlaches, mazapanes y esponjados. Arturo Auré, hijo de Antonio, maestro pastelero donde los haya, heredó las costumbres y maneras de heladero y pastelero de sus antecesores, y dio origen a sus propias elaboraciones como es el Zufarico, producto típico de Zuera, cuyo nombre y fórmula inventó a partir del libro viejo de la familia donde se guardan los secretos desde sus inicios. En esta difícil tarea siempre contó con la inestimable ayuda de su mujer Carmen Aísa. Actualmente, Carmen Auré y su hermano Arturo, cuarta generación, junto con José Antonio G. Auré, quinta generación de esta dulce saga familiar , trabajan conjuntamente consolidando y manteniendo viva la tradición artesana, haciéndola compatible con la innovación y la mejora continua.
Barril es un ejemplo de evolución en el mundo del comercio. Lo que comenzó como una “Camisería Francesa”, según el rótulo inscrito en el mármol del suelo de la entrada a su primer establecimiento (en el Pº Independencia 10), se ha convertido hoy en un dinámico comercio con una página web de éxito y que a la camisería añade los artículos para regalo, fumador y escritura, los productos de piel y los complementos. En el negocio que fundó José Barril en Zaragoza en 1875 se sucedieron varias generaciones familiares, hasta que un aprendiz, Emilio Gonzalvo Beneded, se hizo cargo de la tienda en 1947, año en el que ingresó com0o colaborador Emilio Berdún Nadal, padre a su vez del actual propietario. Emilio Berdún López dirige el negocio desde 1988, cuando acabó sus estudios de derecho. El fundador José Barril estudió corte de camisería en París y en 1880, a los cinco años de abrir su tienda en Zaragoza, consiguió el título de “Camisero de la Casa Real”, un logro de especial mérito al tratarse de un negocio de fuera de Madrid. Su espíritu emprendedor le llevó también a participar activamente en la promoción del ferrocarril de Canfranc. El establecimiento Barril fue punto de recogida de adhesiones para el Canfranc. Experto filatélico y numismático, utilizaba una parte de la fachada para tal fin. La apertura de un destacamento militar alemán en Zaragoza en 1902 llevó a suprimir el rótulo de “Camisería Francesa”, debido a la enemistad manifiesta de ambos países. En 1974 el negocio se trasladó a su actual ubicación en la calle San Miguel. La constante renovación ha permitido a Barril llegar a superar con nitidez el siglo de historia.
Juan Ferrer Pinilla, “de oficio cortador”, establece su “tabla nueva” (carnicería) en el Coso Bajo de Huesca el 24 de diciembre de 1875. Le pone este nombre porque Juan ya poseía otra tabla situada en los alrededores de la plaza de San Pedro. Su hijo Andrés contrae matrimonio con Máxima Olivera Soler, y se hacen cargo de la tabla. En 1915 tendrán la primera picadora eléctrica de carne. Después vendrían la construcción de una cámara frigorífica para conservar la carne y la autorización para fabricar embutidos. Precisamente por esta actividad la familia tuvo que acondicionar el entresuelo de la casa, hoy desaparecido, al que llamaban La Cocina. De aquellos años difíciles conservan como recuerdo calderos de cobre, una artesa de mandera y otros utensilios similares. Tras la Guerra Civil, Andrés Ferrer Olivera toma las riendas del negocio. Son años de carencias en los que su mujer Josefina se convierte en el alma máter del establecimiento con su dedicación y buen hacer. En los 60 se recupera el ánimo emprendedor, se instala una nueva fábrica de embutidos y comienza la venta de carne al por mayor. En 1985 llega una nueva generación, los hijos José María y Luis, cuya esposa María Jesús Costa, permanecerá al frente de la tienda. En los años 90, la familia acomete importantes obras de remodelación de la fábrica triplicando incluso la superficie de trabajo. La Empresa introduce mejoras que la llevarán a convertirse en la primera industria cárnica oscense que obtiene la homologación europea como sala de despiece, almacén frigorífico y fábrica de embutidos y jamones.
Una tienda de artículos de Mercería y Novedades –lo que hoy se conocen como complementos- fue la ilusión de Isidro Bellostas Salafranca, quien abrió el negocio en 1875 en el número 47 de la calle San Pablo. De este emplazamiento pasó en 1908 a la calle Alfonso I, donde se estableció hasta nuestros días. Constancia del negocio queda en los periódicos de la época, en los que los anuncios de Bellostas animaban al público a encontrar trenzas de seda, puntillas y carretes de seda “a precios económicos”. La gestión del establecimiento pasó posteriormente a manos de la mujer de Isidro, Pabla Cepero Morellón, y su hijo Fernando Bellostas Olivar. Ambos supieron adaptar la actividad del negocio a los cambios y la evolución de los gustos de sus clientes, habilidades necesarias para mantener viva la llama de la tienda. El género fue ampliándose con los años, y de la mercería se pasó a los bolsos, la bisutería, adornos de piel o abanicos. La fachada del negocio también se ha adaptado al paso de los tiempos En la actualidad es Mª Isabel Bellostas Cepero, la nieta del fundador de la empresa familiar, quien se encarga del negocio. Mª Isabel se ha encargado de continuar incorporando las “Novedades” y modas de cada momento en géneros tan variados como la bisutería, los regalos, foulards, mantillas, peinetas, mantones bordados, trajes o accesorios para los trajes regionales aragoneses.
Pastelerías Manuel Segura se fundó en 1874 en la localidad zaragozana de Daroca por Manuel Segura Esteban y su esposa Josefa Navarro. En sus primeros tiempos, Manuel elaboraba por la mañana los dulces que Josefa vendía en la tienda; además, con un pequeño carro y un borrico, el pastelero los llevaba a vender en los pueblos próximos. Desde su fundación, además de los productos propios de una pastelería, se elaboran caramelos, turrones, mermeladas y frutas confitadas. Hasta velas se llegaron a producir en Manuel Segura. La pastelería ha llegado a la quinta generación y el afán emprendedor de la familia fundadora y sus sucesores ha llevado a contar en la actualidad con seis establecimientos repartidos por Daroca, Calamocha, Cariñena y Zaragoza (3), mientras en mayo de 2000, con motivo del 125 aniversario, se inauguró en Daroca el Museo de la Pastelería Manuel Segura, único en Aragón. Las sucesivas generaciones han estado formadas por Manuel Segura Navarro y Demetrio López Vicente (segunda); Manuel Segura López y Engracia Lou (tercera); los hermanos Manuel y Julián Segura Lou, que se casan con las hermanas Pepita y Pilar Sorribes Garatachea, dando un fuerte impulso al negocio; y los actuales propietarios, Manuel Segura Sorribes y Consuelo Catalán Martín. La incorporación de su hijo José Manuel inicia la sexta generación y representa la adaptación a los nuevos tiempos; licenciado en biología y bioquímica, crea una nueva línea de pastelería ligera con dulces bajos en calorías y tolerados por diabéticos. Y ya está en marcha la construcción en el polígono industrial de Daroca de un nuevo obrador. Toda una garantía para el futuro de exquisitos productos como las rosquillas de Daroca (la especialidad más antigua), los moscatelitos de Cariñena, los ruejicos o la trenza de la mora.
Este negocio familiar comienza en 1873 en plena plaza del Torico, antes plaza del Mercado, de la mano de Jaime Fernández dedicado a la venta y reparación de relojería. En 1940, finalizada la Guerra Civil, la pequeña tienda reabre nuevamente sus puertas , en la misma plaza pero en un local situado justo enfrente del anterior, con el nombre de Joyería y Relojería Tena y en esa misma fecha Manuel Tena Edo pasa a formar parte de la empresa como socio de su hermano Gonzalo, quedando en 1959 como gerente único, tras la jubilación de Gonzalo e incorporándose sus hijos Leocadio y Manuel Tena Brun. En 1969, Leocadio asume la dirección de una nueva tienda dedicada a la óptica y Manuel continuará encargándose de la joyería. A principios de los 90, los dos hermanos crearon la sociedad Trebusa para asegurarse la permanencia de la empresa en las generaciones venideras. Desde entonces y hasta nuestros días se han abierto tres establecimientos de óptica y dos de joyería. En 2005 se traslada la joyería hasta la calle El Tozal, para poder iniciar la restauración del edificio de la emblemática plaza. Joyería Tena siempre ha estado ligada a la esencia turolense y ello se materializa en diversas creaciones como la estrella mudéjar, los artesones, joyería mudéjar o joyería modernista de Teruel.
Ultramarinos La Confianza, es uno de los establecimientos con más solera de la ciudad de Huesca y de los más antiguos de España en su género. Inaugurado en 1871, ha sabido conservar la esencia del comercio tradicional. La tienda mantiene un aire distinguido, sobre todo por las pinturas murales que con bodegones e imágenes referidas al comercio decoran el establecimiento. En el techo aparece la fecha y los escudos de las dos familias fundadoras, Vallier y Escartín. En 1871, Pablo Vallier conoce a Manuela Escartín, se casan y fundan la Casa de Vallier en un local de la plaza del mercado, hoy de Luis López Allué. En sus porches los viejos negocios casi han desaparecido, pero La Confianza permanece. La tienda todavía mantiene el olor a bacalao (su producto estrella) y a sardinas rancias que evocan a los ultramarinos de antaño. Fue Víctor Sanvicente Ara el que regentó el establecimiento durante los difíciles años de la posguerra hasta el año 1970, convirtiéndolo en uno de los locales comerciales de referencia en la provincia de Huesca. Ha continuado su hija María Jesús Sanvicente que junto a su marido Antonio Villacampa (fallecido) han mantenido la línea de calidad, servicio y prestigio y ahora es su hijo Víctor quien está al frente. "El secreto del éxito es la continuidad familiar", dice Mª Jesús. Eso y el esmero con el que tratan a los clientes sirvieron para que en el año 2006 el New York Times les dedicara un artículo.
La calle Estébanes guarda uno de los comercios más auténticos de Zaragoza: Bodegas Almau, un local que tenía trujales y cubas en pleno Casco Histórico y que hoy se ha convertido en un lugar lleno de encanto. Los orígenes de Bodegas Almau se encuentran en el bodeguero Juan Vitallé, que disponía, hacia 1870, de bodegas en las calles Santa Cruz y Estébanes y de viñedos en San Lamberto. A finales del siglo XIX, entra a trabajar como dependiente Dionisio Almau, bisabuelo de los actuales propietarios. Vitallé, al no tener descendida, traspasó el negocio a su dependiente Dionisio. Los avatares de la vida llevaron a su viuda Trinidad Nogués a hacer frente al negocio, que dejó a sus hijos Félix y Miguel. En 1975, hereda el negocio familiar Miguel Fermín, tras la muerte de su padre y la jubilación de su tío. El inmueble de la calle Estébanes pasó por distintos propietarios sucesores de la familia Vitallé, hasta que en 1987 se incorpora al patrimonio de la familia Almau, quienes rehabilitan el edificio de forma integral. Mantienen la esencia del local y aportan así, a una de las zonas más emblemáticas de Zaragoza, un comercio único, que se ha especializado en los vinos de Aragón y que mantiene una intensa actividad cultural. Ahora, el negocio está en manos de la cuarta generación: Noé y Miguel Ángel Almau.

