Su diseño y apertura como cementerio laico evidenció un cambio en la cultura funeraria de la ciudad. Fue dispuesto al noroccidente de Medellín para que en él reposaran aquellos que eran excluídos de los demás cementerios, pero se convirtió en la única necrópolis de carácter municipal y por tanto, en el lugar de entierro de los trabajadores públicos, las clases sociales menos favorecidas y los cuerpos no identificados.
Created by isabelgonzalezr on Aug 13, 2009
Last updated: 03/12/10 at 12:41 AM
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Es inevitable hablar de los NN cuando alguien te nombra. Las fosas del sector siete son evidencia de que el conflicto no cesa en esta ciudad, así lo nieguen. Quiero conocer todo el proceso y observar de cerca cómo se cubren con tu tierra los cuerpos enjutos que llegan de Medicina Legal después de una temporada en las cavas. Allí permanecen a la espera de un familiar o de alguien que los reclame. Cuando nadie aparece, los mismos funcionarios se encargan de llevártelos dentro de bolsas plásticas de color blanco que también guardan sus prendas, por si algún doliente los reclama. Su inhumación no tarda 15 minutos. Los forenses tienen botas de caucho, uniformes azules, guantes plásticos y tapabocas. No hay réquiems ni plegarias. No existe dolor porque el exceso de trabajo no los deja detenerse en ningún caso. Sobre estos muertos solo queda la placa fría y la maleza. Así que tampoco te aseguran visitantes. Ahora que termino pienso que no puedes desaparecer. Eres parte de la historia de la ciudad y por eso quienes te protegen de la inseguridad, también deben protegerte del olvido. Seguiré visitándote.
No logro encontrar la historia que me permita contar lo que eres y significas para quienes te visitan. Se han establecido límites para todo y esto no favorece la espontaneidad de los dolientes. Se tiene la idea de que eres público pero con frecuencia se repite “está prohibido”. Por fortuna yo pude fotografiarte, capturar tu esencia en cintas de video. Pero no todos lo logran. Están prevenidos. Un grupo de estudiantes de colegio quiere hacer lo mismo que yo pero no se los permiten. Llevan consigo una pequeña cámara digital e ideas para representar la vida después de la muerte. Es un trabajo para el área de Lengua Castellana. Les repiten que está prohibido. Por fortuna son jóvenes y no hacen caso. Sigo en contacto con ellos. Viven en el barrio Santa Cruz, al nororiente de la ciudad, y su actitud frente a ti los convierte en personajes principales. Hubo un entierro. La gente saltaba por las ventanas del bus de servicio público, jóvenes en su mayoría. Sobre el cajón estaba la bandera del Atlético Nacional. El crujido de las hojas secas acompaña los sollozos y las lágrimas. Los golpes de la familia acongojada sobre la madera del ataúd suenan antes de que sea guardado en la bóveda por los trabajadores. La madre y los amigos piden verlo por última vez, le fuman un cachito de marihuana encima y se van a rumiar su dolor en la soledad mientras repiten: “qué dolor me dejó este cucho”.
La fuente de agua y el parque infantil se han convertido en tus mayores atractivos, sobretodo para los niños. En la fuente se toman fotos y se lavan las manos, aunque los vigilantes adviertan de la existencia de las canillas. El sonido de los columpios, instalados hace cuatro años, resuena y acompaña el ingreso de los cortejos. Eres muy diferente a como te muestran los archivos de prensa que te referencian como el sitio de los NN. Tenías la hierba crecida y dicen que abundaban en tus terrenos las actividades de espiritistas, brujos y traficantes de huesos. Es evidente que ahora hay alguien pendiente de que esto no ocurra, o por lo menos no tan a la vista.
Veo que los tubos de PVC sirven de floreros para las margaritas teñidas y los solidagos que desde hace 15 años vende en tu portón don José Luis Zapata. Él es uno de los testigos cercanos de tus cambios y me cuenta que hace unos años las tumbas no alcanzaban para tanto muerto. Hay pedazos de prendas de vestir en medio de la tierra y cadenas de oraciones que condenan a los curiosos que las leen y no las reproducen. Están escritas a mano en pequeños papeles. Son muestras de que la vida te habita. Por primera vez llega un grupo amplio de dolientes. Es una familia negra, desplazada de Chocó, cargada con ramilletes de margaritas teñidas de diversos colores. Se acercan hasta el lugar donde dejaron a su ser querido hace algunos días. De lejos se notan confundidos. La tierra está removida y no encuentran las señales que le dejaron encima. No son los primeros que buscan desolados en medio de tu tierra negra, tampoco serán los últimos. Me acerco y les sugiero que pregunten por el código de la placa que le correspondió al muerto en el registro. ¡Un código! A eso quedan reducidos quienes se inhuman actualmente en tus predios. Ellos dicen sentirse mal porque los 70 mil pesos que pagaron para enterrar al hijo muerto a manos de un desconocido en el barrio Buenos Aires no alcanzaron para garantizarle una fosa que no se inundara.
¿Conoces a tus vecinos? Han ido quitándote metros para instalarse. Compartes linderos con el Instituto de Medicina Legal, un parqueadero, una placa deportiva, una fábrica y algunas casas. Los que te conocen de años atrás insisten en que tu ambiente ya no es tan pesado y en que por eso la gente puede quedarse un rato visitando y disfrutando del espacio con más tranquilidad, que era lo que no había antes cuando abundaban las profanaciones de tumbas y los entierros con bala. Desde tu posición observas perfectamente las zonas nororiental y noroccidental, de donde provienen la mayoría de los muertos que llegan a reposar a tus dominios. Los demás vienen de las instituciones de caridad que se encargan de darles sepultura a prostitutas o indigentes. Medicina Legal también pone su cuota enterrando a los NN, para quienes está reservada la zona siete. En general, guardas en tus entrañas a los que no tienen quien los llore, eso explica el poco flujo de visitantes.
Quise caminarte despacio. Olerte. Sentir el aire y reposar bajo la sombra de alguno de tus árboles, que no son pocos, tal como lo planeó el maestro Pedro Nel Gómez en su diseño. Traté de descifrar las historias que guardas debajo de esas placas de cemento que miden una cuarta y media y que se resignan a un código negro pintado. En los panteones de los policías y trabajadores oficiales (Pensionados y Jubilados de Antioquia, Cooperativa Funeraria de Antioquia, Asociación Mutual de Jubilados Ferroviarios de Antioquia, Coonaltef, Asociación de Linotipistas de Antioquia), en los nuevos osarios de colores que contienen los restos que fueron trasladados del antiguo Cementerio San Lorenzo. El sonido destemplado de los carros se combina con los trinos de los pájaros y las campanas del carrito de helados Los Alpes, que son las únicas que suenan. Llueve. Eres un bosque verde en medio del ruido de la ciudad. Tu tierra está húmeda, mis zapatos se hunden y aparecen los mosquitos. Los huecos abiertos por los trabajadores del municipio esperan llenos de agua a sus próximos ocupantes.
A diferencia de otros espacios, tú permaneciste igual durante el mes de Todos los Muertos. No hubo flores de más, ni serenatas, ni rituales. Ya ha llegado la navidad. Sigues igual. No cambias mucho con cada fecha especial: las flores artificiales permanecen en el mismo punto y los nombres pintados a mano con vinilo sobre las bóvedas evidencian el paso inevitable del tiempo. Quienes vuelven a frecuentarte dicen estar impresionados con tu nuevo aspecto. A Blanca Ríos por ejemplo, le parece “muy bueno el parque porque para los niños la muerte todavía no significa nada”. Además, admitió que no venía desde hacía más de 15 años “en la época de Pablo”, cuando eran fijos más de “cinco entierros diarios”. Para ella lo único que te falta es publicidad porque hasta servicio de cremación tienes. Como Blanca han de ser muchos los que dejaron de visitarte, se nota que te has ido quedando solo. El día en que te ves más concurrido es el domingo, luego de la eucaristía semanal que se celebra en la estructura de concreto liso que te sirve de capilla desde hace un par de años.
Debo reconocer que siempre me llamaste la atención. Cada vez que pasaba por la carrera 65, donde estás ubicado, pegaba mi cara a las ventanas de los buses para descubrirte tras las verjas azules. Tus cruces a medio poner sobresalían entre la maleza y recreaban las historias que contaban los viejos sobre ti. Todos coincidían en decir que estabas ahí para albergar los cuerpos de los pobres más pobres y de ese montón de jóvenes que murieron en la época más álgida del narcotráfico. Eras “caliente”, decían. Ha pasado el tiempo y parece como si te hubieran limpiado la cara. Quiero mirarte de cerca para saber en qué te has convertido en estos 75 años. Luces limpio y se han llevado muchas de tus cruces. Las han reemplazado por placas de cemento para que no generes tanto miedo y parezcas más amable ante quienes te frecuentan, eso comenta Oscar Velásquez, la nueva persona encargada de administrarte. También te han instalado un parque infantil y una fuente sempiterna. La gente dice que eres agradable y seguro. Que distas del imaginario que se había generalizado creado entorno tuyo. ¿Te gusta? Parece que a ellos sí.

